Anjikuni,la desaparición de un asentamiento esquimal

 

anjikuni poblado desaparecido

Al escuchar Canadá a muchos se nos viene a la mente un apacible lugar para vivir, rodeado de montañas, nieve y buena gente. Esta imagen de Canadá la tenemos todos grabada en nuestra mente, o casi todos. Comparándola con sus vecinos, los estadounidenses, los canadienses se ven como un pueblo más pacífico y dedicado a sus quehaceres del día diario. Como símbolo del país, en muchas ocasiones se nos viene a la mente la figura de la policía montada del Canadá, una imagen amable y vistosa, comparada con otros cuerpos policiales de otros lugares del globo terráqueo. Sin duda, es un lugar en donde nuestra cabeza no apostaría por ubicar ningún misterio en la historia ni nada que se le parezca. Un buen sitio para vivir como diríamos. Pero lo cierto es que no todo en el país de la bandera de la hoja roja de arce ha sido tranquilo y apacible. Tampoco la famosa policía montada del Canadá puede decir que nunca en su historia se ha topado con el misterio.

De este modo tenemos que retraernos hasta 1930 para ver como lo inexplicable se adueñó de un famoso caso de la policía montada. Este año, Arnand Laurent con sus dos hijos divisaron en los cielos de Canadá una especie de luz o cometa. Esto no tiene más interés, hasta que comenzaron a describir lo visto de una forma más clara. Lo que ellos asumieron que vieron era un haz de luz enorme, de forma cilíndrica y que cambiaba de destellos de forma intermitente. Un cuerpo celeste extraño para los ojos de aquellos miembros de esa familia. Los días pasaron y las autoridades no supieron lo que realmente vieron los Laurent. Pocos días más tarde, en una rutinaria patrulla de la policía montada por el lago Anjikuni, por culpa de problemas meteorológicos buscaron refugio en la cabaña de los Laurent. PrAnjikuni ovnionto los policías detectaron un punto de nerviosismo en la familia al preguntar sobre lo ocurrido por el lago los últimos días y, sobre todo, por el fenómeno visual divisado por los familiares, descubrieron a qué se debía el enigma de sus caras. Los familiares contaron a la policía canadiense cómo, desde que avistaron el objeto celeste en los cielos, algo pasaba en los alrededores del lago. Algo notaban que no era normal, algo misterioso apareció ese día y no se había ido.

La historia de los Laurent quedó aparcada a un lado, todo pareció una mera anécdota sin más. Una historia extraña con tintes de imaginación, que no pasaba por ser un caso importante para la policía, sino un simple caso que contar tomando algo en alguna taberna a los amigos. Pero lo cierto es que el misterio volvió y con mucha más fuerza.

Un cazador de la zona, Joe Labelle, iba con sus raquetas por la nieve en aquella zona. Se dirigía hacia un pueblo cercano al río Anjikuni. Cuando iba caminando comenzó a sentir algo extraño. La zona por donde marchaba era una zona donde siempre había ruido y tenía alboroto, pues el núcleo rural de población en el lugar hacía que estas cosas pasaran. Hay que situarse en el paraje, naturaleza viva sin  el ruido de las grandes urbes. Era un mundo rural en donde las poblaciones de nativos daban vida al entorno. De este modo, sólo el silencio de este lugar era roto por aquellas personas que vivían en armonía con el paisaje. El núcleo rural lo componían unas 1200  personas, y llevaban ya años asentados en ese paraje. Tanto que la tierra en donde vivían, había acogido ya desde hace años los cuerpos de sus familiares difuntos. Por lo tanto ahí había un poblado establecido desde hace años. Joe Labelle, al interesarse por el extraño cese de cualquier ruido, animal o humano, decidió ir a echar un vistazo a los lugareños. Al acercase a las cabañas, donde cada día había vida y ruido como cualquier hogar, no creyó lo que vio y escucho. Las cabañas estaban vacías y en ellas solo vivía un silencio impenetrable. Ninguna chimenea estaba encendida, como tampoco presentaba signos de haber sido apagadas hace unos minutos. Rápidamente, el cazador pensó que los lugareños se habrían dirigido por algún motivo. Al acercarse al lago Anjikuni contempló otra visión misteriosa. Ningún bote estaba desatado, ningún rastro de vida había tampoco en el entorno, y ni mucho menos se encontró alguna pista de donde pudieran estar. Este pueblo que había desaparecido de la noche a la mañana, era un pueblo esquimal, amistoso y abierto. Se dedicaban a la caza, de la cual dependían vendiendo pieles y como alimento. Pero sus rifles estaban ahí, quietos, esperando que alguna fuerza viva volviera a usarlos. Es algo a tener en muy en cuenta en este misterio. El cazador comenzó a pensar lo peor, dejar algo tan apreciado por los esquimales, como sus rifles, era algo inusual.

Volviendo al poblado, el cazador pudo pensar en aquella dantesca escena que tenía delante. Las cabañas aún tenían la comida, una comida pasada ya, con síntomas de descomposición. Sólo poblaban aquel poblado, el cazador y el mismo silencio que se hacía corpóreo en esa situación. No había vivos, pero tampoco muertos. El terreno donde se asentaba el poblado no tenía sangre o rastros de lucha, algo que aclarara algo en la desaparición colectiva. Todo se paró, todo quedo silenciado, todo para dar vida al misterio.

Anjikuni poblado esquimal

Rápidamente el cazador dio parte a la policía montada del Canadá, explicándole lo extraño y misterioso de la desaparición de más de 1000 personas. El cuartel de la policía montada emprendió una batida de búsqueda, pues tenían esperanza en que se pudiera encontrar a algún esquimal del poblado, para poder comprender esa misteriosa desaparición colectiva. La policía pronto montó un gran equipo de búsqueda. Hombres a caballo y perros buscaban por los alrededores del poblado fantasma, dando con un rastro unas cuantas horas después.

A pocos metros del poblado se encontraron con los perros de los trineos esquimales. Estaban atados a unos árboles cercanos, algo que sin duda causaría su muerte con el paso del tiempo. Atados y sin sus dueños, habrían padecido penurias y hambre bajo el frío y la nieve, esperando con agonía sus últimos días. Esto junto con las armas encontradas también causó asombro, pues igual que las armas para los esquimales eran necesarias en el día a día y por tal, importante, los perros para los esquimales eran más que un animal de compañía.

Cuando la inspección y búsqueda llegaba a su fin, descubrieron el último misterio que les quedaba por ver en aquel lugar. Sin duda, fue lo que a todos dejo con los ojos como platos. En donde se asentaba el cementerio, todas las tumbas estaban abiertas, sin cadáveres. Algo o alguien se había llevado los restos de los fallecidos, dejando solamente huecos en la tierra. La desaparición de las personas que poblaban el poblado ya era algo asombroso, pero lo hallado en el cementerio era algo escalofriante. Todos se preguntaban lo mismo ¿Dónde se encuentra todo el mundo? ¿Qué ha pasado con las tumbas del cementerio?…

Nadie pudo dar respuestas a lo sucedido. Algo se había llevado a los vivos para posteriormente también llevarse muertos. Algo llegó a las puertas de su aldea, dejando solamente silencio y un misterio que, a día de hoy, sigue sin resolver por la policía montada del Canadá.

A día de hoy, tanto la policía canadiense, como investigadores privados reabre el caso cada cierto tiempo para poder aclarar la desaparición de esas 1200 personas, junto con sus fallecidos, de la noche a la mañana.

Anjikuni desaparición esquimal

 

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